martes, septiembre 13, 2005

PACHO

A Natanael lo conocí en la Universidad Nacional, en Bogotá. No recuerdo fechas ni circunstancias precisas, pero sé que era viernes (antes de semana santa: la diáspora de estudiantes hacia sus ciudades de origen) y que yo andaba mas desubicado que Adán el día de las madres. Había sol, había música en la plaza Ché. Esa sensación de acuerdo tácito, de pacto, que habitaba el aire los viernes después de las tres de la tarde. Era claro que quien anduviera por ahí no estaba en planes académicos, dificilmente leía un libro o esperaba una conferencia. En blanco y negro: buscaba rumba.

Y la encontró. Por esos días, ante la sociedad, Pacho (nunca supe porqué todo el mundo lo llamaba así) fungía como estudiante de Filosofía, y alternaba sus dos pasiones: los números pitagóricos y las drogas psicodélicas. Los días pares viajaba con los números naturales, y los impares lo hacía a bordo de sustancias menos inocuas. Su aspecto físico pese a todo no era patético: moderadamente delgado, calvicie en ciernes disimulada (mal) por una melena clara de rockero pobre (después supe que no era ninguna de las dos cosas) chaqueta de cuero negra, tenis "converse" y jeans de los colores mas inverosímiles: naranja, rojo. El vestuario se mantiene hasta la última imagen que tengo de él. La melena ha cedido ante una digna cabeza rapada que junto a sus anteojos le dan la equívoca imagen de intelectual, de hombre serio y reposado. Puro cuento.

Los presocráticos, la historia de la lógica, Platón, eran mis lecturas de aquellos días, pero no eran solo librescas las motivaciones para frecuentar esos lugares. Una amiga común cerró el círculo.

En una de sus incontables crisis, Pacho fue a dar exiliado a la casa de Nancy, cuyos padres conocían el exilio de verdad. El que incluye cambio de idioma, el que lleva consigo el miedo y el señalamiento. De modo que fue fácil hallar "escampadero". Entiendo que todo salió bien, incluso duró bastante. Casi un mes. Y no salió expulsado. Se fue.

Recuerdo que ocasionalmente se sabía algo de Pacho. Abandonó la universidad, hizo un par de viajes, se dedicó a la lectura, al rebusque y a pastorear sus adicciones. Una noche lo vi saliendo de la alianza francesa, otra, completamente ébrio en
la diecinueve con tercera, por allí mismo. La Candelaria, el centro, Paulo Sexto, esa era su zona. "Dios existe, tengo pruebas: me odia", afirmaba.

Se decía de todo, llegaban noticias, versiones: Pacho deja el vicio y se convierte en cristiano, Pacho se hunde hasta el infierno y vive en la calle, Pacho administra un bar de Rock, Pacho se casa con una adolescente y decide "sentar cabeza", Pacho vende pizza y lasagna en su apartamento de la calle décima -"pésima" decía él- con veinticinco. La verdad era una mezcla de todas ellas.


Después nos cruzamos en circunstancias mas bien burguesas. Bar, cerveza, música, carreta. Ahí nos pusimos al día. Hablamos, recordamos, reímos y mentimos, como debe ser. Mi amigo andaba de ruptura, su novia se había cansado del desorden, del caos. "Duermo como un bebé" -me dijo- "cada diez minutos despierto y lloro". Incluso leímos poesía, y discutimos sobre el final del quijote. Pacho tenía un ejemplar bellísimo, totalmente descuadernado. En realidad éramos tres esa noche, pero Rafa hablaba poco, no me conocía y me parece que no le agradaba mucho mi presencia, además no compartía mi entusiasmo con César Vallejo. La noche terminó triste, leímos Lautréamont. Le perdí de nuevo el rastro.

La siguiente escena ocurre en la biblioteca Virgilio Barco. Voy de afán, tarde para una cita, y entonces lo veo. Pero es otro. Habla mucho mas calmado, su piel es diferente, su mirada. Se alegra, me abraza, bebemos café. Hablamos. Pacho está enamorado, "solo nos hemos dado besitos" me cuenta con actitud de muchachito este hombre que ya no se cocina en dos aguas, y cuya hoja de vida contiene datos de todos los colores. Dice que está luchando, que lleva casi un año sin beber ni siquiera vino. Limpio. Trabaja en corrección de textos para un par de universidades. Yo, que cambio un amigo por una frase, le digo que me recuerda a Quevedo, de quien se ha dicho que podría haber corregido cualquier página de Cervantes, pero habría sido incapaz de escribirla. No soy una buena persona.

Ojalá Pacho esté bien, anoche soñé con él. Por estos días estoy corrigiendo, puliendo, limpiando, depurando mis escritos técnicos ("dissertação", es el pomposo título que le dan aquí a esas minucias) y he pensado mucho en Pacho. También la cocina me lo recuerda, me dicen que es muy buen cocinero. Nunca probé nada. Ya habrá tiempo.

2 Comentarios:

Anonymous Roci dijo...

Por estos días pienso en aquellos que ahora solo veo ocasionalmente porque el tiempo ha pasado, y asi para mi ya no es igual, ya esos viernes en la universidad, esa cita tácita en el Freud, frente al edicio de Humanas, ya no me incluye. Ahora me encuentro de vez en cuando con alguno, y la reunión de este año fue en un funeral.
Como extraño esos viernes de "pastar" todo un día debajo de un sol infernal. Ahora mis hombros son blancos, ya no reflejan el Sol. Ya no hay noches desembocadas en el Goce Pagano. Ya no.

septiembre 13, 2005  
Anonymous ezne dijo...

Hola!

Es una curiosa historia, (te digo que me llamó mucho la atencion eso de los pantalones de colorines)

Tambien decir que hay un trozo del relato que me ha gustado especialmente!

Solo me queda ya, enviarte animos para tu "dissertação" (curioso, dos minutos discutiendo con el teclado, para escribir la palabrita hasta que entendí que copiar-pegar siempre será más facil, aunque no tan entretenido)

Y nada más, besos y abrazos mil

septiembre 13, 2005  

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